Jano

El dios Jano, con sus dos —o, en raras ocasiones, cuatro— caras es una de esas figuras míticas a menudo asociadas con la masonería, como herencia de los collegia fabrorum, los gremios artesanales de construcción romanos, que veneraban a este dios (Daza, 1997: 216).

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Para los romanos, Jano protegía las puertas y el tiempo y, por lo tanto, se convirtió en símbolo de todo inicio, pasaje y transición: el paso de un estado a otro, del pasado al futuro, e incluso, según señala Guénon, de la iniciación en los misterios (referido por Cirlot, 1958/2003: 266).

Era el primer dios en ser invocado para iniciar cualquier empresa y tenía la potestad de “abrir” cualquier puerta. Extendía su protección a todo aquello que estuviera a punto de comenzar o incluso de nacer. En estrecha relación con la diosa Juno, protegía a las mujeres que estaban a punto de dar a luz (Poupard, 1985/1987: 888).

Así como Jano presidía los nuevos comienzos, Vesta, la diosa del fuego del hogar, presidía los finales. Si bien esta pareja de dioses no estaba emparentada entre sí, ambos representaban una dualidad: el inicio y el final, el afuera y el adentro, la puerta de entrada y el fuego sagrado. Jano presidía tanto las puertas de la ciudad como las de la casa. Las puertas de la ciudad estaban bajo la autoridad del gobernante; mientras que las de la casa, del pater familias. Jano velaba porque nada amenazante o destructivo entrara a la ciudad o a la casa. Asimismo, se le invocaba cuando el marido hacía pasar por primera vez a su esposa por la puerta de la nueva casa. Vesta, a su vez, protegía el fuego sagrado de la ciudad, así como el del hogar (Fowler, 1918: 825a).

El templo de Jano, en sus orígenes, no era una edificación, sino una puerta. En tiempos de paz, las puertas del templo de Jano se mantenían cerradas; pero en tiempos de guerra, se abrían, para que el dios pudiera acudir en ayuda de los ciudadanos romanos si así lo necesitaban. Esta tradición se origina en un milagro atribuido a Jano durante la época en que Rómulo y su gente raptaron a las mujeres sabinas. En su ausencia, Tito Tacio y los sabinos atacaron Roma. Tarpeya, la hija del guardián del Capitolio, les entregó la ciudad; pero cuando estaban a punto de rodear a sus defensores, Jano hizo brotar un surtidor de agua caliente. Los atacantes huyeron y la ciudad fue salvada (Grimal, 1951/1981: 295-296). También protegía a los soldados cuando entraban de regreso a la ciudad y a los jóvenes en su ritual de iniciación cuando alcanzaban la edad de portar armas (Poupard, 1985/1987: 889).

Los romanos celebraban el 9 de enero las Agonalia, una festividad dedicada al dios Jano, en la que se sacrificaba un carnero en su honor (Fowler, 1918: 823a; Schrader, 1909: 37a).

Aunque Jano es más conocido como una deidad romana, ya aparece mencionado en un oráculo etrusco. Su significado exacto es incierto, pero aquí es más bien un dios del cosmos: representaba ya sea el sol, el cielo, el éter o la luz (MacCulloch, 1911: 175b; Burns, 1911: 175b-176a). Su relación con el sol no es casual: la salida del sol marca el inicio del día y, su ocaso, el cierre. Por lo tanto, Jano, que guarda las puertas de la tierra (de los humanos), también guarda las puertas del cielo, junto con las Horas. Durante la mañana deja entrar el día y, por la noche, cierra la puerta y se hace la noche. Por eso tiene en su mano derecha una llave y en su mano izquierda un cetro (MacCulloch, 1916: 123a).

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Como regente del tiempo en todas sus manifestaciones solares, guarda tanto las puertas del día, como las del año. De ahí que su nombre también se le haya asignado al primer mes del año, que sobrevive hasta nuestros días en numerosas lenguas: ianuarius, january, janvier, enero. Puesto que guarda los ciclos anuales, se le relaciona con los solsticios de invierno y verano, las puertas que marcan el paso de los momentos de máxima oscuridad (o menor cantidad de luz solar en la tierra, los días más cortos) hasta el punto de máxima luz (los días más largos del año).

El simbolismo de Jano se mantuvo vigente en el cristianismo en la forma de las fiestas de los dos Juanes: san Juan Bautista, en verano, y san Juan Evangelista, en invierno, ambas situadas en fechas muy cercanas a los solsticios.

Lista de referencias

Burns, I. F. (1911). Cosmogony and cosmology: Roman [Cosmogonía y cosmología: romanos]. En J. Hastings (Ed.), Encyclopaedia of religion and ethics, vol. 4: Confirmation-Drama (pp. 175-6). Edimburg/New York: T. & T. Clark/Charles Scribner’s Sons.

Cirlot, J. E. (2003). Diccionario de símbolos (7.a ed.). Madrid: Siruela. (Obra original publicada en 1958).

Daza, J. C. (1997). Diccionario de la francmasonería. Madrid: Akal.

Fowler, W. W. (1918). Roman religion [Religión romana]. En J. Hastings (Ed.), Encyclopaedia of religion and ethics, vol. 10: Picts-Sacraments (pp. 820-47). T. & T. Clark/Charles Scribner’s Sons: T. & T. Clark/Charles Scribner’s Sons.

Grimal, P. (1981). Diccionario de mitología griega y romana (P. Payarols, trad.). Barcelona: Paidós. (Obra original publicada en 1951).

MacCulloch, J. A. (1911). Door [Puerta]. En J. Hastings (Ed.), Encyclopaedia of religion and ethics, vol. 4: Confirmation-Drama (pp. 846-52). Edimburg/New York: T. & T. Clark/Charles Scribner’s Sons.

MacCulloch, J. A. (1916). Locks and keys [Cerraduras y llaves]. En J. Hastings (Ed.), Encyclopaedia of religion and ethics, vol. 8: Life and death-mulla (pp. 120-5). Edimburg/New York: T. & T. Clark/Charles Scribner’s Sons.

Poupard, P. (1987). Diccionario de las religiones (Diorki, trad.). Barcelona: Herder. (Obra original publicada en 1985).

Schrader, O. (1909). Aryan religion [Religión aria]. En J. Hastings (Ed.), Encyclopaedia of religion and ethics, vol. 2: Arthur-Bunyan (J. Hastings, Ed.). (pp. 11-57). Edimburg/New York: T. & T. Clark/Charles Scribner’s Sons.

                                                

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Acerca de Jacqueline Murillo

Escritora, editora, comunicadora y filóloga… Solo puedo decir que las letras son mi pasión. La palabra es para mí una necesidad, una búsqueda y una pulsión incontenible. Desde el verso libre hasta las minucias técnicas que nos obligan a pensar en la sintaxis, la ortografía y la ortotipografía de la letra publicada.
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